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Abdel Rahman Mosabbah es un inmigrante egipcio que en 1997 ganó en la lotería de visas una green card con la que pudo instalarse en Nueva York. Su idea era trabajar hasta poder traer a Estados Unidos a su mujer y su hijo que había dejado en Egipto.

Alquiló una habitación en Brooklyn, en la zona de Park Slope. La vivienda estaba en condiciones deplorables, en el verano era asfixiante, olía a basura, no corría el aire… pero a Mossabah le daba igual, estaba decidido a alcanzar el famoso sueño americano. Compartía la infravivienda con otros inmigrantes musulmanes y allí, en los pasillos de esa casa, descubrió que dos de ellos planeaban volar la línea de Atlantic Avenue donde se unen 6 líneas, y con suerte, dinamitar el tren B, que utilizan muchos judíos de barrio, con dos bombas caseras. Por eso fue capaz de detener un sanguinario ataque y lo que la policía considera el primer intento de ataque suicida con bombas al metro de Nueva York.

Lo recuerda ahora, en plena polémica por la caza de brujas de Trump a los beneficiarios de la lotería de visas, el escritor y periodista Christopher Dickey en The Daily Beast. En su momento escribió un libro entero sobre el caso. Resucitando esta historia muestra que los atajos mentales del presidente Trump para tomar creencias populares por conclusiones concretas no tiene fundamento real.

Mossabah vivía en la casa de Park Slope con un inmigrante palestino, Gazi Abu Mezer, con el que apenas hablabla. Un día de julio de 1997, después de que un atentado suicida en Jerusalén matara a 178 personas, Mezer se acercó a Mossabah para mostrarle algo. Era un artilugio casero construido con clavos, tubos, baterías y pólvora. Una bomba. “¿Viste lo que ha pasado en Jerusalén? Mañana sucederá aquí”, le dijo.

Mossabah no sabía qué hacer. Apenas llevaba unas semanas en Estados Unidos. Salió a la calle y apostados fuera de la estación de Atlantic Avenue vio a dos policías de la Long Island Rail Road. Se dirigió a ellos y les contó lo que sabía. Y ahí comenzaron unas horas de interrogatorios, traducciones y pesquisas que abortaron el atentado y a lo que más tarde el alcalde de la ciudad entonces, Rudolph Giuliani se refirió como: “Alguna gente atribuye la información recibida a la buena suerte y la buena fortuna”. Fue, cuenta Dickey, de verdad buena suerte que la policía de la línea de metro diera credibilidad a lo que Mossabah apenas podía expresar: “bomba”.

Llevaron a Mossabah a la central, donde otros detectives lo interrogaron. Finalmente llamaron a la policía de Nueva York -NYPD- que activó un plan de emergencia. El problema es que Mossabah apenas podía hacerse entender. Tras varios intentos infructuosos de lograr un traductor adecuado apareció un traductor del FBI. Mossabah fue capaz de contar la historia, dibujar un plano perfecto de la casa y localizar para la policía la habitación de Mezer, que para esas horas debía estar durmiendo en ella, y la de Lafi Khalil, que era su cómplice. Describió con el máximo detalle el artefacto que Mezer le había mostrado. Eran las 5 de la madrugada, habían pasado 18 horas desde que Mossabah habló por vez primera con la policía, pero aún había dudas con su historia.

Aún así un equipo de la unidad de emergencias fue hasta la vivienda. El plano de Mossabah era preciso así que entraron a la habitación de Mezer, que los enfrentó. Le dispararon. También a Khalil, pero ambos sobrevivieron y fueron juzgados. Mezer fue encontrado culpable de conspirar para usar un arma de destrucción masiva y Khalil fue condenado como cómplice. En su testimonio Mezer confesó que quería matar a la mayor cantidad de judíos posible.

El miedo disuasorio

Mezer no llegó a Estados Unidos con la lotería de visas, el programa que ahora cuestiona el presidente Trump tras el ataque terrorista de esta semana en Nueva York en el que murieron 8 personas atropelladas por un inmigrante uzbeko ganador de una de estas visas. Mezer esperaba en suelo estadounidense la resolución a su petición de asilo político, que había solicitado con el argumento de que sufría persecución en Israel, pues allí le consideraban un miembro de Hamás, algo que él negaba. La lenta burocracia permitió que la investigación sobre su petición se demorara en el tiempo.

Esta investigación después confirmó que Mezer sí estaba relacionado con Hamás y que había tratado de entrar varias veces en el país de forma desorganizada e infructuosa. Una de esas veces consiguió financiación de Arabia Saudita. Hoy en día jamás habría logrado entrar en Estados Unidos, pero aquello sucedió antes del 11S.

Dickey plantea una cuestión respecto a qué hubiera sucedido hoy en una situación parecida: ¿se habría atrevido Mossabah a denunciar ante la policía? Con el miedo que está imponiendo Trump, su deseo de prohibir la entrada a ciudadanos de ciertos países, el foco puesto en los inmigrantes y sus visas, las noticias sobre deportaciones, quizás no, dice el periodista.

Pero era 1997 cuando Rudolph Giuliani, el entonces alcalde republicano de Nueva York dijo: “Algunas personas atribuyen –la desarticulación del atentado– a un acto divino, o quizás a un acto de coherencia que en última instancia une a todos los hombre y mujeres cuanso se dan cuenta de que más allá de las diferencias raciales, religiosas, étnicas y políticas, estamos unidos como personas y seres humanos y que debemos protegernos entre nosotros y ayudarnos”.